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La idea de unidad europea data ya de hace dos siglos, pero de hecho es mucho más antigua: o, mejor dicho, tiene raíces muy profundas. Las culturas helénica y romana primero, la civilización cristiana medieval y moderna después -de manera diferente- han sentado las bases para un sueño y un proyecto destinados a dar frutos heterogéneos y lentos de madurar, pero también a marcar profundamente la historia cultural y moral del continente.

Ahora la tarea y el reto que se presentan a las ciudadanos europeos estriban, antes de todo, en la creación de una verdadera conciencia de la importancia de la patria común europea, que se agregue uniéndose estrechamente, sin sofocar ni sobreponerse, a las conciencias patrióticas y comunitarias que existen en Europa, y que pueda proponerse como catalizador de la unidad orgánica del continente.

Estamos profundamente convencidos de que jamás se tomará a Europa en serio si lo que se quiere proponer es el Parlamento Europeo, el Sistema Monetario Europeo o, quizá, plantear problemas como las “cuotas de producción” agrícolas comunitarias. Cuestiones, todas ellas, de indudable importancia, pero destinadas a esfumarse si no se ordenan alrededor de una Idea Fuerte, un Centro.

Esta Idea Fuerte, este Centro es la IDENTIDAD EUROPEA. Identidad hecha de diferencias y peculiaridades nacionales, regionales, religiosas, comunitarias; Identidad hecha de historias diferentes pero que coinciden; Identidad hecha de libertades y diversidades.

Los europeos quieren unirse sin perder ninguno de sus rasgos , sin renunciar a ninguna de sus peculiaridades. Existen hoy en día dos Europas una occidental y una oriental, una báltica y una central, una eurasiática y una mediterránea. Cada una de ellas posee su historia y su peculiar enlace con las demás partes del mundo. Nada de esta amplia y artículada tradición deberá desaparecer; a ninguna parte de ella queremos renunciar.

De la misma manera Europa ya no puede identificarse con el “Occidente”, que representa una dimensión de civilización nacida sin duda en su seno, pero que ya se ha identificado con una cultura fundada en el American way of life y que tiende a imponerse sobre todas las tradiciones, amortiguándolas bajo un proceso de homogenización y de nivelación que desemboca en las extremadas consecuencias de un individualismo exacerbado y de unas sociedades basadas en el consumismo y el provecho. A pesar de nacer de una raíz europea y presentar, aparentemente, la secuelas de costumbres y maneras de vivir y pensar, esta sociedad va hacia un proceso de mundialización y globalización, un bárbaro mecanismo de mercificación de los valores hegemonizados por algunas centrales multinacionales que ya dirigen a gobiernos y clases políticas, empezando por los de la potencia ahora hegemónica en el mundo.

La necesidad de Europa se traduce, pues, en la necesidad de recuperar tradiciones y sentido de dignidad y peculiaridad que afecta principalmente a la cultura y a la escuela cuyos retos son acoger, interpretar y transmitir.

Lejos de aceptar el amoldeamiento y la desaparición en la realidad homologante de la así llamada « cultura occidental », IDENTIDAD EUROPEA quiere en todo caso extenderse fuera de sus lindes continentales y recuperar a la gran « Europa afuera de Europa » que hoy -de la Argentina a Canadá y de Suráfrica a Australia- mira a Europa no como a una lejana progenitora, sino como a una verdadera madre patria.

Construir la unidad europea es tarea de los europeos de ahora. Contribuir al nacimiento de una conciencia europea en sus ciudadanos es nuestra tarea hoy.


Rimini, 19 de abril de 1997

 

 


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